Una justicia que custodia la Vida
- Pbro. Luis Ariel Lainez Ochoa
- 21 dic 2025
- 2 Min. de lectura
A escasos días de la celebración anual de la Navidad, entre tanto barullo, prisas, paqueterías on delivery, tráfico, posadas e intercambios, la Iglesia nos propone en este último domingo del Adviento a una figura más de la cual todos y cada uno -si así lo quiere- puede aprender: José.

El perfil de este humilde carpintero, habitante de un caserío pequeñísimo y pobre llamado Nazaret, resulta realmente contrastante ante el perfil de una sociedad que en estos días y bajo la consigna de la celebración de la Navidad late arrítmicamente, se atropella, se congestiona y a veces da vueltas en círculo intentando encontrar el sentido y el porqué de tanto tumulto.
Mateo el evangelista, antes de relatar la gran noticia del nacimiento del Hijo de Dios quiere compartir la situación que ambos padres se ven implicados asumir; lo interesante de esto y aunque a veces puede pasar desapercibido, la sabiduría de la Iglesia ha sabido apreciar, mostrar y proponer es la actitud del padre que rompe lógicas y se impone al sentido común.
José es el hombre que ante una noticia que lo desconcierta hasta la médula no grita, no se altera, no explota ni manotea, es el hombre que, aunque el corazón se vuelca en una gran incertidumbre opta por el silencio; acalla poco a poco las ideas en su cabeza, experimenta la fuerza quemante de lo que no hace ruido, es conducido a una serenidad que limpia su mirada y lo dispone a ver con claridad.
Cuando José asistido por la gracia alcanza la templanza y la paz será el momento cuando Dios le compartirá su proyecto y la necesidad de que forme parte de este, será pues el momento donde las dudas se disiparán y consolado interiormente tomará la decisión para aceptar la encomienda que Dios le propone.
Con mucha razón el padre de Jesús en la tierra es llamado el varón justo, puesto que su justicia no es para nada entendida ni tomada como lo legal, lo que está marcado, lo que se debe hacer; al contrario, su justicia se convierte y se expresa como una expresión del amor, de la custodia, de la protección del inocente e indefenso.
El ser humano se topa cada vez con más frecuencia con una idea de justicia que parece más condena, que se ufana de aplicar con severidad castigos ejemplares, que es parienta del exhibir y del veto, cuanta falta hace que el cristiano entienda y viva la justicia desde el amor, una justicia que construya, que proteja, que sea pesebre para aquellos que viven desamparados y sin abrigo.
Me pongo en presencia de Jesús y me pregunto: ¿soy de los que manotea y grita ante lo que lo desconcierta?, ¿en qué medida el silencio tiene cabida en mí?, ¿cuál es mi idea de justicia?, ¿soy pesebre para los demás? Hablo de esto con el Señor.






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