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Somos amados y eso basta

  • Isaías Mauricio Jiménez
  • 10 ene
  • 2 Min. de lectura

El Evangelio de este domingo nos presenta una escena discreta, casi silenciosa, pero decisiva: Jesús se pone en la fila. No destaca, no se separa del pueblo, no reclama un lugar importante y especial. Está ahí, como todos. Personas comunes como cada uno de nosotros, cargadas de dudas, tal vez de culpas, expectativas y preguntas profundas sobre la vida: el Señor espera con ellas y esto ya dice mucho.

El Señor no inicia su misión con un milagro espectacular ni con un discurso brillante. Comienza sumergiéndose en la realidad humana, entrando al agua donde muchos buscan limpieza, sentido o tal vez una nueva oportunidad. No se coloca por encima; se coloca dentro. Dentro de la historia, dentro de las heridas, dentro de la búsqueda sincera de un pueblo. Aquí aparece una realidad muy profunda: Dios se revela en lo concreto, no en lo idealizado. No en una vida perfecta, sino en la vida real, en el cansancio, en las preguntas sin respuesta, en la necesidad de volver a empezar.

Una vez bautizado el Señor, porque «así se cumple todo lo que Dios quiere», la voz del Padre, proveniente del cielo, no da órdenes de lo que se tiene que hacer, no impone tareas ni mucho menos enumera exigencias. Dice algo más profundo: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias». Antes de cualquier misión, antes de cualquier esfuerzo o de cualquier logro está una verdad: Somos amados, no por lo que se hace sino por lo que se es.

Vivimos en una cultura que constantemente nos evalúa por lo que producimos, lo que hacemos, lo que logramos, incluso en la vida espiritual podemos caer en la trampa de “ganarnos” el amor de Dios con buenas obras, mandas o hasta sacrificios. Pero el bautismo del Señor nos hace volver a lo esencial: la identidad viene antes que la tarea, reconocer que somos amados primero, y desde ahí elegir cómo vivir. La voz del Padre no genera miedo ni presión, genera confianza y libertad interior.

Tal vez hoy necesitamos escuchar esa voz, no como frase bonita sino como una experiencia de reordenar la vida cuando dudamos de nuestro valor, cuando sentimos que no damos el ancho, cuando cargamos culpas del pasado, cuando el cansancio roba nuestra esperanza. No caminamos solos, vamos con el Señor que nos ama, no solo de palabra, sino con hechos concretos en nuestra humanidad. Que, como Jesús, nos atrevamos a hacer silencio, a ponernos en la fila de la vida real y a dejarnos mirar y amor por Dios.

Me pongo en la presencia de Dios, dejo que el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús hoy también toque mi vida, mi corazón: ¿desde dónde estoy viviendo mi vida: desde las exigencias o desde el saberme amado? ¿qué voces estoy escuchando y cuáles necesito discernir? ¿en qué “aguas” de mi vida necesito dejarme sumergir para volver a empezar?

Hablo de esto con el Señor y dejo que su voz haga vida en mi interior

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