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Un líder con espíritu

  • Foto del escritor: Pbro. Artemio
    Pbro. Artemio
  • 16 ene
  • 3 Min. de lectura

Cuando surge un líder entre nosotros, se generan esperanzas, los anhelos emergen de lo más profundo del corazón y la fe toma fuerza. Se espera la abolición de poderes que matan a los seres humanos y la eliminación de todo tipo de esclavitud o desesperanza.

 

Jesús, en este fragmento del evangelio de Juan, acaba de comenzar su tarea. Es el inicio de su ministerio público. Es más que un líder que aparece en la escena de la historia de la humanidad. Hoy nos invita a preguntarnos: ¿Quién es este que viene? ¿Cuál es su proyecto? ¿Se puede esperar algo de Él para el mundo en el que hoy vivimos?

 

Lo primero que se asegura de Jesús es que no comienza desde cero. Los profetas lo habían anunciado, Juan Bautista es quien lo puede ver y señalar. Por tanto, es parte de un proyecto que ya había iniciado con el pueblo de Israel. Jesús lo sabe y por tanto, lo considera y lo respeta. No ha venido a destruir lo anterior. No es de esos que dicen: «nada de lo anterior ha servido, yo les traigo lo único y novedoso». Como si se tratara de una magia que solo quisiera atraer devotos con espejismos. 

 

Por eso, ante este líder bueno se puede acudir con confianza. No viene a destruir a nadie. No gusta por señalar los errores de la historia de ninguno. Y quiere comenzar con la realidad que se encuentra. Para trabajar en ella desde dentro, desde lo profundo. 

 

Viene con la fuerza de Dios. «Ha de bautizar con el Espíritu Santo» (Jn 1, 33). En Él hay renovación de vida en el Espíritu de Dios. El mismo Jesús es quien lo regala. En otras palabras, hay salvación y gracia ofrecida y dispuesta, sin necesidad de intermediarios. Su Iglesia, sus miembros, sus sacramentos, no deben imponer condiciones, a establecer restricciones, o complicar las cosas. Todo lo contrario: deben de tratar de facilitar el camino, de extender por el mundo la luz de su Espíritu y Palabra, de poner a disposición de todos, los medios necesarios para llegar a la salvación. 

 

Desde aquí se puede detectar que este líder, hoy en día, opera en sí mismo, desde sí mismo, a través de su Iglesia. Lo podemos encontrar en la oración y en la vida, en los sacramentos y en la comunidad. Jesús, con su Espíritu llega a todos los rincones de la tierra y a todos los lugares interiores del ser humano. Lo abarca todo con su salvación. Me pregunto: ¿Me siento cerca de esta salvación? ¿Vivo con la conciencia de que Jesús está en todo lugar? ¿Cómo lo siento en mi vida, en mi historia, en mi interior?

 

Finalmente asume en Él la designación de ser el «cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Jesús es quien abre la puerta de la esperanza, de la alegría y de la vida. Rompe el candado de la tristeza del pecado que impedía ese acceso. La etapa de los sacrificios de animales ha pasado. Ahora es el mismo Jesús quien toma sobre sus hombros esta horrible carga de lo peor de la humanidad y la redime con amor gratuito e incondicional. 

 

Tal vez hoy los corazones muertos abundan. Las esperanzas de vida plena, verdadera, con sentido profundo, cada día se esfuman más. El consumismo, la producción, los ruidos llenos de supuesta «buena» información, redes sociales y comunicación, imperan, pero no llenan de verdad, no tocan el corazón. Hay mucho entretenimiento vacío que consume cada vez más el espíritu de los seres humanos. Tal vez son los nuevos poderes que están esclavizando y que nos tienen ganados. Les hemos dado todos nuestros correos personales y contraseñas para que accedan a nuestro mundo, no hemos opuesto resistencia, pero no estamos ni felices, ni despiertos, ni plenos. 

 

Tal vez, en este nuestro mundo y nuestro camino, sea urgente que alguien nos señale: «He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo», para seguirlo y hacer vida y amistad con Él. Su persona salva. Su proyecto da vida plena. Su amor redime y levanta todo corazón vacío y desolado. ¿De qué esclavitud me tendría que salvar Jesús? ¿En qué estoy atorado? ¿Tengo disposición para que Él me redima? ¿Acepto su liderazgo? ¿Quiero colaborar con Él para mi redención? Hablo de esto con el Señor… 

 

 

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