Ser lo que ya somos: sal y luz
- Pbro. Emanuel Torres Fuentes
- 7 feb
- 3 Min. de lectura
En julio de 2018 conocí a Mariana en mi primera parroquia como recién ordenado. Era una señora sencilla y humilde. No predicaba, no dirigía grupos, no tenía estudios de teología. Solo trabajaba limpiando cuartos en un asilo. Yo tenía que ir al asilo los lunes y viernes a ungir a los ancianos muy enfermos.

Un día, una enfermera me contó algo sobre Mariana. Había un paciente anciano, solo, sin familia. Nadie lo visitaba. Estaba amargado, siempre enojado, trataba mal a todos. Muchos evitaban entrar a su cuarto.
Pero Mariana, cada mañana, al limpiar, le decía:“Buenos días, don José, que Dios le bendiga.”
Le acomodaba la almohada. Le hablaba con cariño. Le llevaba un café. A veces le tomaba la mano y rezaba en silencio por él. Nada espectacular. Nada heroico. Solo pequeños gestos.
Semanas después, el hombre cambió. Sonreía. Empezó a agradecer. Antes de morir pidió un sacerdote. Y dijo algo que la enfermera nunca olvidó:
— “Esa señora la que limpia, ella me hizo sentir que Dios no se había olvidado de mí.”
Mariana nunca lo supo. Pero fue sal que evitó que un corazón se pudriera en la amargura.Fue luz en la habitación más oscura del hospital.
En el Evangelio de Mateo 5, 13-16, Jesús nos dirige unas palabras que son tan sencillas como exigentes: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo.”
No dice “deberían ser”, ni “algunos serán”. Lo afirma con claridad: ya lo son. Ser sal y luz del mundo es nuestra identidad como discípulos y nuestra responsabilidad ante el mundo.
La sal, en tiempos de Jesús, era un símbolo de la sabiduría divina y también era un condimento que servía para conservar los alimentos, para evitar que se echaran a perder. Sin sal, la comida se dañaba rápidamente.
Algo parecido ocurre con la fe: cuando falta Cristo, la vida se corrompe con facilidad.
Hoy lo vemos todos los días. Vemos familias que se rompen por egoísmos. Jóvenes que buscan sentido en el alcohol, en las redes o en relaciones vacías. Personas que creen que el éxito es solo dinero, imagen o poder. Sociedades donde se descarta a los débiles: el no nacido, el anciano, el inmigrante, el pobre. Es como si el mundo hubiera perdido el sabor, como una comida sin sal.
Ahí entramos nosotros. Un cristiano auténtico es “sal” cuando: perdona en lugar de guardar rencor, trabaja con honestidad aunque nadie lo vea, defiende la vida cuando otros callan, mantiene unida a su familia, vive con coherencia. Tal vez parezcan gestos pequeños, pero cambian el ambiente. Como una pizca de sal que transforma todo el plato.
Y Jesús también dice: “Ustedes son la luz del mundo.” La luz no hace ruido. No grita. Simplemente brilla y basta para orientar. Piensen en un apagón: una sola vela ya guía los pasos.
La luz no es solo un fenómeno físico, sino un signo profundo de su presencia: representa a Dios mismo, la vida, la verdad y la esperanza del Cielo. En Juan 8, 12, Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». En cambio, la oscuridad simboliza todo lo contrario: la ausencia de Dios, el caos, el pecado, la muerte y el mal.
Así es el cristiano en medio de la oscuridad de hoy. Cuando todos mienten, el que dice la verdad ilumina. Cuando todos critican, el que habla con caridad ilumina. Cuando reina el pesimismo, el que tiene esperanza ilumina. Cuando otros viven solo para sí mismos, el que sirve ilumina.
No necesitamos hacer cosas extraordinarias. Necesitamos vivir nuestra fe en lo ordinario.
Porque lo contrario también es cierto: cuando un bautizado vive como si Dios no existiera, el mundo se vuelve más frío, más confuso, más triste. La sal pierde su sabor. La luz se apaga.
Quizás por eso nuestra sociedad se siente tan vacía: mucha tecnología, muchas pantallas, muchas comodidades, pero poco sentido, poca verdad, poco amor. No falta progreso. Falta Cristo.
Y ahora vale la pena preguntarnos, en silencio, delante de Dios:
¿Mi vida da sabor o pasa desapercibida?¿Las personas que me rodean se acercan más a Dios por mi ejemplo?¿En mi familia soy luz o soy motivo de oscuridad, discusiones y quejas?¿En mi trabajo vivo mi fe con coherencia o la escondo por comodidad o miedo?



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