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¡Bienaventurados!, al modo de Jesús

  • Pbro. Mario Alberto Castillo Luna
  • 31 ene
  • 3 Min. de lectura

El evangelio de Mt 5, 1-12 es el que conocemos como «el sermón de la montaña» o el de «las bienaventuranzas» y contiene el nuevo programa de vida que trae Jesús. Él lo enseña a sus discipulos, a la multitud que le sigue. En este día también quiere actualizar su Palabra y su mensaje en nuestra vida.

Este texto, hoy en día, puede sonar un tanto contradictorio y paradógico, pues Jesús declara felices a los marginados: los pobres, los que sufren, los mansos, los que buscan justicia, los que trabajan por la paz. Rompe totalmente con la lógica y categorias del mundo actual que mide la felicidad en razón del éxito, fama, poder, status social, etc. 

¿Hoy quienes son los «pobres de espíritu» de los que habla Jesús? De acuerdo a las categorías del Señor, son todos aquellos quienes reconocen que no pueden controlar todo, que se saben frágiles en medio de una cultura ávida de éxito y que se sienten «autosuficientes». Son bienaventurados los que lloran: los que no son indiferentes frente al dolor de los demás y esperan el consuelo de Dios; los mansos que a pesar de ser dominados y maltratados injustamente, se niegan a responder con el mal, eligen el diálogo, la caridad en lugar de la violencia; los que tienen hambre, sed de justicia y no se resignan ante la corrupción, la desigualdad y la exclusión pues deciden luchar por lo que es justo aunque tenga consecuencias.

 

Las bienaventuranzas de Jesús nos recuerdan que la misericordia no es debilidad, sino una fuerza capaz de transformar lo que está herido. Que la pureza del corazón de la que habla el Señor no es una perfección moral, sino coherencia de vida: vivir con un corazón unificado entre lo que se cree y lo que se hace. El Maestro nos enseña, a través de ellas, que trabajar por la paz no es evitar los conflictos, sino comprometerse activamente para sanar las relaciones rotas, las estructuras injustas y las heridas sociales.

 

Cuando Jesús llama felices a los perseguidos por causa de la justicia, nos advierte que vivir el evangelio no garantiza el éxito ni el reconocimiento. A veces incluso trae incomprensión y rechazo. Pero también promete que en ese camino, aunque difícil, no se está solo, pues el Reino de Dios, y por tanto Dios mismo, ya está presente allí donde alguien elige amar, servir y construir puentes de paz en su realidad cotidiana.

Hoy, como ayer, las bienaventuranzas no son una lista de exigencias imposibles, sino una buena noticia. Dios está del lado de quienes el mundo descarta. En ellas, el Señor nos invita a vivir de una manera distinta del mundo, pues la verdadera felicidad no depende de nuestra situación externa, sino de la relación con Dios y la capacidad de vivir y descubrir el Reino, en medio del dolor y la injusticia.

A la luz de este evangelio de las bienaventuranzas me detengo un momento y trato de responder ¿Cuáles son los signos a través de los cuales el Señor me muestra que su Reino ya está presente? ¿En el seguimiento del Señor me considero bienaventurado o qué me falta para serlo?

Para terminar este momento de oración, agradecemos a Jesús que de distintas maneras nos muestra el camino que conduce a la vida plena y le pedimos la luz del Espíritu Santo para que nos ayude a vivir sus bienaventuranzas.

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